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        <title>Catajarria Literaria - La mano junto al muro</title>
        <link>http://catajarria-literaria.mozello.com/cuento-de-la-semana/la-mano-junto-al-muro/</link>
        <description>Catajarria Literaria - La mano junto al muro</description>
                    <item>
                <title>La mano junto al muro</title>
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                <pubDate>Fri, 24 Sep 2021 23:36:00 +0000</pubDate>
                <description>&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;color: #080809&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Cuento de&amp;nbsp;&lt;/span&gt;&lt;span style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Guillermo
Meneses. Venezuela&amp;nbsp;
(1911-1978)&lt;/span&gt;



&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;br&gt;&lt;/p&gt;


&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;La
noche porteña se desgarró en relámpagos, en fogonazos. Voces de miedo y de
pasión alzaron su llama hacia las estrellas. Un chillido (¡«naciste hoy!»)
tembló en el aire caliente mientras la mano de la mujer se sostuvo sobre el
muro. Ascendía el escándalo sobre el cielo del trópico cuando el hombre dijo (o
pensó): «Hay aquí un camino de historias enrollado sobre sí mismo como una
serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron tres los marineros. Tal
vez soy yo el que parecía un verde lagarto; pero ¿cómo hay dos gorras en el
espejo del cuarto de Bull Shit?... La vida de ella podría pescarse en ese
espejo... O su muerte...».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La mano
de la mujer se apoyaba en la vieja pared; su mano de uñas pintadas descansaba
sobre la piedra carcomida: una mano pequeña, ancha, vulgar, en contacto con el
frío muro robusto, enorme, viejo de siglos, fabricado en épocas antiguas para
que resistiese el roce del tiempo y, sin embargo, ya destrozado, roto en su
vejez. Por mirar el muro, el hombre pensó (o dijo): «Hay en esta pared un
camino de historias que se enrolla sobre sí mismo, como la serpiente que se
muerde la cola».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;El
hombre hablaba muchas cosas. Antes -cuando entraron en el cuarto, cuando
encontró en el espejo los blancos redondeles que eran las gorras de los marineros-
murmuró: «En ese espejo se podía pescar tu vida. O tu muerte».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Hablaba
mucho el hombre. Decía su palabra ante el espejo, ante la pared, ante el maduro
cielo nocturno, como si alguien pudiese entenderlo. (Acaso el único que lo
entendió en el momento oportuno fue el pequeño individuo del sombrerito
ladeado, el que intervino en la historia de los marineros, el que podía ser
considerado -a un tiempo mismo- como detective o como marinero).&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Cuando
miraba la pared, el hombre hizo serias explicaciones. Dijo: «Trajeron estas
piedras hasta aquí desde el mar; las apretaron en argamasa duradera; ahora, los
elementos minerales que forman el muro van regresando en lento desmoronamiento
hacia sus formas primitivas: un camino de historias que se enrolla sobre sí
mismo y hace círculo como una serpiente que se muerde la cola». Hablaba mucho
el hombre. Dijo: «Hay en esa pared enfermedad de lo que pierde cohesión: lepra
de los ladrillos, de la cal, de la arena. Reciedumbre corroída por la angustia
de lo que va siendo».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La mano
de la mujer se apoyaba sobre el muro. Sus dedos, extendidos sobre las
rugosidades de la piedra, sintieron la fría dureza de la pared. Las uñas
tamborilearon en movimiento que decía «aquí, aquí». O, tal vez, «adiós, adiós,
adiós».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;El
hombre respondió (con palabras o con pensamientos): «La piedra y tu mano forman
el equilibrio entre lo deleznable y lo duradero, entre la apresurada fuga de
los instantes y el lento desaparecer de lo que pretende resistir el paso del
tiempo».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;El
hombre dijo: «Una mano es, apenas, más firme que una flor; apenas menos efímera
que los pétalos; semejante también a una mariposa. Si una mariposa detuviera su
aletear en un segundo de descanso sobre la rugosa pared, sus patas podrían
moverse en gesto semejante al de tu mano, diciendo «aquí, aquí», o, acaso,
«adiós, adiós, adiós».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;El
hombre dijo: «Lo que podría separar una cosa de otra en el mundo del tiempo
sería, apenas una delgada lámina de humana intención, matiz que el hombre
inventa; porque, al fin, lo que ha de morir es todo uno y sólo se diferencia de
lo eterno».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Eso
dijo el hombre. Y añadió: «Entre tu mano y esa piedra está sujeta la historia
del barrio: el camino de historias enrollado sobre sí mismo como una serpiente
que se muerde la cola. Aquí está la lenta decadencia del muro y de la vida que
el muro limitaba. Tu mano dice qué sucede cuando un castillo frente al mar
cambia su destino y se hace casa de mercaderes; cuando, entre las paredes de
una fortaleza defensiva, se confunde el metal de las armas con el de las monedas».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Rio el
hombre: «¿Sabés qué sucede?... Se cae, simplemente, en el comercio porteño por
excelencia: se llega al tráfico de los coitos». Cerró su risa y concluyó
severo: «Pero tú nada tienes que ver con esto; porque cuando tú llegaste, ya
estaba hecha la serie de las transmutaciones. El castillo defensivo ya había
pasado por casa de mercaderes y era ya lupanar».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Cierto.
Cuando ella llegó, el comercio de los labios, de las sonrisas, de los vientres,
de las caderas, de las vaginas, tenía ya sentido tradicional. Se nombraba al
barrio como el centro comercial de los coitos en el puerto. Cuando ella llegó
ya esto era -entre las gruesas paredes de lo que fue fortaleza- el inmenso
panal formado por mínimas celdas fabricadas para la actividad sexual y el
tiempo estaba también dividido en partículas de activos minutos. (-Tú ahora.
Ya. Adiós. Tú ahora. Ya. Adiós. Tú ahora. Ya. Adiós) y las monedas tenían
sentido de reloj. Como las espaldas, cuyo sitio habían tomado dentro de los
muros del antiguo castillo, podían cortar la vida, el deseo, el amor. (Se dice
a eso amor, ¿no es cierto?).&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Pero
cuando ella llegó ya existía esto. No tenía por qué conocer el camino de
historias que, al decir del hombre, se podía leer en la pared. No tenía por qué
saber cómo se había formado el muro con orgullosa intención defensiva de
castillo frente al mar, para terminar en centro comercial del coito luego de
haber sido casa de mercaderes. Cuando ella llegó ya existían los calabozos del
panal, limitados por tabiques de cartón.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Inició
su lucha a rastras, decidida y aprovechadora, segura de ir recogiendo las
migajas que abandona alguien, ansiosa de monedas. Con las uñas -esas mismas
uñas gruesas y mordisqueadas que descansaban ahora sobre la rugosa pared-
arrancaba monedas: monedas que valían un pedazo de tiempo y se guardaban como
quien guarda la vida. Angustiosamente aprovechadora, ella. El gesto de morderse
las uñas, sólo angustia: nada más que la inquieta carcoma, la lluvia menuda de
angustia, dentro de su vida.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ahora,
su mano se apoyaba sobre el muro. Una mano chata, gruesa, con los groseros
pétalos roídos de las uñas sobre la piedra antigua, hecha de historias
desmoronadas, piedra en regreso a su rota insignificancia, por haber perdido la
intención de castillo en mediocre empresa de mercaderes.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ella
nada sabía. Durante muchos años vivió dentro de aquel monstruo que fue
fortaleza, almacén, prostíbulo. Ella nada sabía. El barrio estaba clavado en su
peso sobre las aristas del cerro, absurdamente amodorrado bajo el sol. Oscuro,
pesado, herido por el tiempo. Bajo el sol, bajo el aliento brillante del mar,
un monstruo el barrio. Un monstruo viejo y arrugado, con duras arrugas que eran
costras, residuos, sucio, oscura miel producida por el agua y la luz, por las
mil lenguas de fuego del aire en roce continuo sobre aquel camino de historias
que se enrolla en sí mismo -igual que una serpiente- y dice cómo el castillo
sobre el mar se convirtió en barrio de coitos y cómo la mano de una mujer
angustiada puede caer sobre el muro (lo mismo que una flor o una mariposa) y
decir en su movimiento «aquí, aquí», o «adiós, adiós, adiós».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ella
nada sabía. Cuando llegó ya existía el presente y lo anterior sólo podía estar
en las palabras de un hombre que mirase la pared y decidiese hablar. Ya existía
esto. Y ella estuvo en esto. Los hombres jadeaban un poco; echaban dentro de
ella su inmundicia. (O su amor). Ella tomaba las monedas: la medida del tiempo.
Encerraba en la gaveta de su mesa de noche un pedazo de vida. O de amor.
(Porque a eso se llama amor). Dormía. Despertaba sucia de todos los sucios del
mundo, impregnada de sucia miel como el barrio monstruo bajo el viento del mar.
Su cabeza sonaba dolorosamente y ella podía escuchar dentro de sí misma el
torpe deslizarse de una frase tenaz. «Te quiero más que a mi vida». (¿Cuándo?
¿quién?). Uno. Ella piensa que tenía bigotes, que hablaba español como
extranjero, que era moreno. «Te quiero más que a mi vida». ¿Quién podría
distinguir en los recuerdos? Un hombre era risa, deseo, gesto, brillo del
diente y de la saliva, arabesco del pelo sobre la frente. Luego era una sombra
entre muchas. Una sombra en el oscuro túnel cruzado por fogonazos que era la
existencia. Una sombra en la negra trampa cruzada por fogonazos, por estallidos
relampagueantes, por cohetes y estrellas de encendido color, por las luces del
cabaret, por una frase encontrada de improviso: «Te quiero más que a mi vida».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Pero
todo era brillo inútil, como la historia enrollada sobre sí misma y ella nada
sabía de la piedra ni de las historias ni de las luces que rompían la sombra
del túnel.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Sólo
cuando habló con aquel hombre, cuando lo escuchó hablar la noche del encuentro
con los tres marineros (si es que fueron tres los marineros) supo algo de
aquello. Ella estaba pegada a su túnel como los moluscos que viven pegados a
las rocas de la costa. Ella estaba en el túnel, recibiendo lo que llegaba hasta
su calabozo: un envión, una ola sucia de espuma, una palabra, un estallido
fulgurante de luces o de estrellas.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Dentro
del túnel, moviéndose entre las sombras de la existencia, fabricó muchas veces
la pantomima sin palabras de la moza que invita al marinero: la sonrisa sobre
el hombro, la falda alzada lentamente hasta el muslo y mirar cómo se forma el
roce entre los dedos del marino.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Así
llegó aquel a quien llamaban Dutch. El que ancló en el túnel para mucho tiempo.
Dutch. Amarrado al túnel por las borracheras. La llamaba Bull Shit. Seguramente
aquello era una grosería en el idioma de Dutch. (¿Qué importa?). Cuando él
decía &lt;/span&gt;&lt;i&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Bull Shit&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt; en un grupo de rubios marinos extranjeros,
todos reían. (¿Qué importa?). Ella metía su risa en la risa de todos. (¿Qué
importa, pues?, ¿qué importa?). Bien podía Dutch querer burlarse de ella. Nada
importaba porque él también estaba hundido en el túnel, amarrado a las entrañas
del monstruo que dormía junto al mar. Él cambiaba de oficio; fue marino,
chofer, oficinista. (O era que todos -choferes, oficinistas o marinos- la
llamaban Bull Shit y ella llamaba a todos Dutch). Y si él cambiaba de oficio,
ella cambiaba de casa dentro del barrio. Todo era igual. Alrededor de todos,
junto a todos, sobre todos -llamáranse Dutch, Bull Shit o Juan de Dios- estaba
el barrio, el monstruo rezumante de zumos sombríos bajo la luz, bajo el viento,
bajo el brillo del sol y del mar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Daba
igual que Dutch fuera oficinista o chofer. Daba igual que Bull Shit viviese en
uno u otro calabozo. Sólo que, desde algunos cuartos, podía mirarse el mundo
azul -alto, lejano- del agua y del aire. En esos cuartos los hombres
suspiraban; muchos querían quedarse como Dutch; decían: «¡qué bello es esto!».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La
noche del encuentro con los tres marinos (si es que fueron tres los marineros)
apareció el que decía discursos. Era un hombre raro. (Aunque en verdad, ella
afirmaría que todos son raros). Le habló con cariño. Como amigo. Como novio,
podría decirse. Llegó a declarar, con mucha seriedad, que deseaba casarse con
ella: «Contraer nupcias, legalizar el amor, contratar matrimonio». Ella rio
igual que cuando Dutch le decía Bull Shit. Él persistió; dijo: «Te llevaría a
mi casa; te presentaría a mis amigos. Entrarías al salón, muy lujosa, muy
digna; las señoras te saludarían alargando sus manos enjoyadas; algunos de los
hombres insinuarían una reverencia; nadie sabría que tú estás borracha de ron
barato y de miseria; pretenderían sorprender en ti cierta forma rara de
elegancia; pretenderían que eres distinguida y extraña; tú te reirías de todos
como ríes ahora; de repente, soltarías una redonda palabra obscena. ¿Sería
maravilloso?».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La miró
despacio, como si observase un cuadro antiguo. La mujer apoyaba sobre el muro
su gruesa mano chata de mordisqueadas uñas. Él continuó: «Te llevaría a la casa
de un amigo que colecciona vitrales, porcelanas, pinturas, estatuillas, lindos
objetos antiguos, de la época en la que estas piedras fueron unidas con
argamasa duradera para formar la pared del castillo frente al mar. Él te
examinaría como si observase un cuadro antiguo; diría, probablemente, que
pareces una virgen flamenca. Y es cierto, ¿sabes? Son casi iguales la castidad
y la prostitución. Tú eres, en cierto modo, una virgen: una virgen nacida entre
las manos de un fraile atormentado por teóricas visiones de ascética
lubricidad. ¡Una virgen flamenca! Si yo te llevara a la casa de ese amigo, él
diría que eres igual a una virgen flamenca, pero... Pero nada de eso es
posible, porque el amigo que colecciona antigüedades soy yo y hemos peleado
hace unos días por una mujer que vive aquí contigo... y que eres tú».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Un
hombre raro. Todos raros. Uno se sintió enamorado. («Te quiero más que a mi
vida»). Uno la odió: aquél a quien ella no recordaba la mañana siguiente.
(«¿Tú?, ¿tú estuviste conmigo anoche?». «¿No recuerdas?», dijo él). Había
temblor de rabia en su pregunta; como si estuviese esperando un cambio de
monedas y mirase sus manos vacías. Los hombres son raros. Una mujer no puede
conocer a un hombre. Y menos, cuando el hombre se ha desnudado y se ha puesto a
hacer coito sobre ella: cuando se ha puesto a jadear, a chillar, a gritar sus
pensamientos. Algunos gritan «¡madre!». Otros recuerdan nombres de mujeres a
las que -dicen ellos- quieren mucho. Como si desearan que la madre o las otras
mujeres estuviesen presentes en su coito. Jadean, gritan, chillan, quieren que
ella -la que soporta su peso- los acompañe en sus angustias y se desnude en su
desnudez. Luego sonríen cariñosos: «¿No recuerdas?».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Todos
raros. Ella nunca recuerda nada. Está metida en la sombra del túnel, en las
entrañas del monstruo, como un molusco pegado a la roca donde, de vez en
cuando, llega la resaca: la sucia resaca del mar, el fogonazo de una palabra,
el centelleo de las luces del cabaret o de las estrellas. Ella está aquí, unida
al monstruo sin recuerdos. Lejos, el mar. Puede mirarlo en el tembloroso espejo
de su cuarto donde, ahora, están dos gorras de marineros. (Pero ¿es que no eran
tres los marineros?). Hasta parece hermoso el mar a veces. Cargado de sol y
viento. Aunque aquí dentro poco se sepa de ello. Gotas de sucia miel lo han
carcomido todo; han intervenido en la historia del muro sobre el cual
tamborilean los dedos de la mujer («aquí, aquí» o «adiós, adiós, adiós»); han
hecho la historia de los elementos minerales que regresan hacia sus formas
primitivas, después de haber perdido su destino de fortaleza frente al mar, han
escrito la historia que se enrolla sobre sí misma y forma círculo como la
serpiente que se muerde la cola.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ella
nunca recuerda nada. Nada sabe. Aquí llegó. Había un perro en sus juegos de
niña. Juntos, el perro y ella ladraban su hambre por las noches, cuando
llegaban en las bocanadas del aire caliente las músicas y las risas y las
maldiciones. Ella, desde niña, en aquello oscuro, decidida a arrancar las
monedas. Ella, en la entraña del monstruo: en la oscura entraña, oscura aunque
fuera hubiese viento de sol y de sal. Ella, mojada por sucias resacas, junto al
perro. Como, después, junto a los otros grandes perros que ladraban sobre ella
su angustia y los nombres de sus sueños. De todos modos, podía asomarse alguna
vez a la ventana o al espejo y mirar el mar o las gorras de los marineros. (Dos
gorras; tal vez tres los marineros).&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Porque
casi es posible afirmar que fueron tres los marineros: el que parecía un verde
lagarto, el del ladeado sombrerito, el del cigarrillo azulenco. Si es que un
marinero puede dejar olvidada su gorra en el barco y comprarse un sombrero en
los almacenes del puerto, fueron tres los marineros; si no, hay que pensar en
otras teorías. Lo cierto es que fue el otro quien tenía entre los dedos el
cigarrillo. (O el puñal).&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ella
miraba todo, como desde el fondo del espejo del cielo. Acaso como desde el
fondo del espejo de su cuarto, tembloroso como el aletear de una mariposa, como
el golpetear de sus dedos sobre la rugosa pared. Si le hubieran preguntado qué
pasaba, hubiera callado o, en el mejor de los casos, hubiera respondido con
cualquier frase recogida en el lenguaje de las borracheras y de los encuentros
de burdel. Hubiera dicho: «¡madre!» o «te quiero más que a mi vida» o,
simplemente, «me llamaba Bull Shit». Quien la escuchase reiría pero, si
intentaba comprender, enseriaría el semblante, ya que aquellas expresiones
podían significar algo muy grave en el odio de los hambrientos animales que
viven en la entraña del monstruo, en el habla de las gentes que ponen su mano
sobre el muro de lo que fue castillo y mueven sus dedos para tamborilear «aquí,
aquí», o «adiós, adiós, adiós».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Lo que
le sucedió la noche del encuentro con los tres marineros (digamos que fueron
tres los marineros) la conmovió, la hundió en las luces de un espejo
relumbrante. Verdad es que ella siempre tuvo un espejo en su cuarto: un espejo
tembloroso de vida como una mariposa, movido por la vibración de las sirenas de
los barcos o por los pasos de alguien que se acercaba a la cama. En aquel
espejo se reflejaban, a veces, el mar o el cielo o la lámpara cubierta con
papeles de colores -como un globo de carnaval- o los zapatos del que se bahía
echado a dormir su cansancio en el camastro revuelto. Se movía el espejo,
tembloroso de vida como la angustiada mano de una mujer que tamborilea sobre el
muro, porque colgaba de una larga cuerda enredada a un clavo que, a su vez,
estaba hundido en la madera del pilar que sostenía el techo. Así, el espejo
temblaba por los movimientos del cuarto, por el paso del aire, por todo.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Desde
mucho tiempo antes, la mujer vivía allí, en aquel cuarto donde los hombres
suspiraban al amanecer: «¡Qué bello es esto!» y contaban cuentos de la madre y
de otras mujeres a las que -decían ellos- habían querido mucho. Cuando el
hombre que decía discursos estaba allí, también estaban los marineros; al
menos, el espejo recogía la imagen de dos gorras de marineros, tiradas entre
las sábanas, junto al pequeño fonógrafo. (Dos gorras de marineros). La mujer
que apoyaba la mano sobre el muro podía mirar los círculos blancos de las
gorras en el espejo de su cuarto. Dos círculos: dos gorras. (Lo que podría
hacer pensar que fueron dos los marineros, aunque también es posible que otro
marino desembarcase sin gorra y se comprase un sombrero en los almacenes del
puerto). En el espejo había dos gorras y por ello, acaso, el que hablaba tantas
cosas extraordinarias dijo: «En ese espejo se podría pescar tu vida».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;A través
del espejo se podría llegar, al menos, hasta el encuentro con los dos
marineros. (Digamos que fueron dos; que no había uno más del que se dijera que
dejó su gorra en el barco y compró un sombrero en los almacenes del puerto). A
través del espejo se puede hacer camino hasta el encuentro con los dos
marineros, igual que en la piedra donde se apoya el tamborileo de los dedos de
la mujer puede leerse la historia de lo que cambió su destino de castillo por
empresas de comercio y de lupanar.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ella
estaba en el cabaret cuando los marineros se le acercaron. Uno era moreno,
pálido el otro. Había en ellos (¿junto a ellos?) una sombra verde y, a veces,
uno de los dos (o, acaso, otra persona) parecía un muñeco de fuego. Una mano de
dulzura sombría -morena, con el dorso azulenco- le ofreció el cigarrillo, el
blanco cigarrillo encendido en su brasa: «¿Quieres?». Ella miró la candela
cercana a sus labios, la sintió, caliente, junto a su sonrisa. (La brasa del
cigarrillo o la boca del marinero). Ya desde antes (una hora; tal vez la vida
entera) había caído entre neblinas. El humo del cigarrillo una nube más, una
nube que atravesó la mano entre cuyos dedos venía el tubito blanco. Ella lo
tomó. Puede recordar su propia mano, con la ancha sortija semejante a un aro de
novia. Junto a la sortija estaban la brasa del cigarrillo y la boca del hombre:
la saliva en la sonrisa; al lado del que sonreía, el otro la silueta rojiza y,
también, el que parecía un verde lagarto. No tenía gorra sino sombrerito de
fieltro ladeado. (Casi cierto que eran tres, aunque luego se dijera que fueron
dos los marineros y esa tercera persona un detective, lo que resultaba posible,
ya que los detectives, como lo sabe todo el mundo, usan sombrero ladeado, con
el ala sobre los ojos).&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La cosa
comenzó en el cabaret. Ella -la mujer de la mano sobre el muro- vivía en el
piso alto. Sobre el salón de baile estaba el cuarto del tembloroso espejo donde
se podía mirar el mar o las gorras de los marineros o la vida de la mujer.
Treinta mujeres arriba, en treinta calabozos del gran panal; pero sólo desde el
cuarto de ella podía mirarse el lejano azul, como también sólo ella tenía el
lujo del fonógrafo, a pesar de lo cual era nada más que una de las treinta
mujeres que vivían en los treinta cuartuchos de piso alto, lo mismo que, en el
cabaret, era una más entre las muchas que bebían cerveza, anís o ron. Una más,
aunque sólo ella tenía su ancha sortija, semejante a un aro de novia.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;De
pronto, las luces del cabaret comenzaron a moverse: caminos azules, puntos amarillos,
ruedas azules y la sonrisa de los marineros, la saliva y el humo del cigarrillo
entre los labios. Ella sorbió las azules nubes también; pero ya antes había
comenzado la danza de las luces en el cabaret. Caminos rojos, verdes, ruedas
amarillas, puntos de fuego que repetían la brasa del cigarrillo. Ella reía.
Podía oír su propia risa caída de su boca. Las luces daban vueltas, la risa
también se desgranaba como las cuentas de un collar encendido y junto con las
luces y la risa, se movían las gentes muy despacio, entre círculos de sombra y
de misterio. Los hombres -cada uno- con la sonrisa clavada entre los labios: la
silueta rojiza igual que el que semejaba un verde lagarto y el del sombrero
ladeado. (El que produjo la duda sobre si fueron tres los marineros). Ella
cabeceaba un ademán de danza y sentía cómo su cabeza rozaba luces y risas
cuando se encontró frente a un espejo: el tembloroso espejo de su cuarto en
cuyo azogue nadaban las dos gorras marineras. Todo ello sucedió como si hubiese
ascendido hacia la muerte. Por eso, una vez chilló: «¡naciste hoy!» y el hombre
dijo: «En ese espejo se podría pescar tu vida».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Pero,
eso fue después. Ciertamente, los marineros se acercaron: una mano, una boca,
la sombra verde y el rojizo resplandor. Aquel a quien llamaban Dutch había
estado esa noche o, tal vez, otra noche parecida a ésta. (Una noche como tantas
de las noches nacidas en el túnel, en la entraña del monstruo, en un instante
de la gran oscuridad cruzada por fogonazos que era la vida allí). Estaba Dutch.
O, acaso, no. No; ciertamente, no. Era el de los discursos, el paciente
hablador, quien estaba presente. La mujer alzó su mano en un gesto de danza;
sus uñas abrieron cinco pétalos rojos a la luz de las bombillas. Se levantó;
sintió en su cuerpo cómo ella toda tendía a estirarse. Miró (en el espejo de sí
misma o en el espejo tembloroso de su cuarto) su cabeza deslizada en ascensión
entre las bombillas del cabaret y entre las luces del alto cielo sereno. Se
movió -lenta y brillante- sobre bombillas, estrellas, espejos. La voz, la
sonrisa, el cigarrillo de los marineros eran palabras, gestos, señales que
indicaban el pecho del hombre. (Su cartera o su corazón). Como si atravesara
rampas de misterio los pasos de ella la llevaban hacia el que descansaba sobre
la mesa del cabaret. Apartó espejos, luces, estrellas; atravesó nubes de humo.
Estaba acompañada por los tres marineros (eran tres, entonces): el que parecía
un verde lagarto, el del rojizo resplandor y la sombra azulenca en las manos,
el del pequeño sombrero ladeado sobre la sien izquierda. Cuando llegó a la
mesa, rozó el pecho del hombre que dormía. «Bull Shit», dijo él. «¡Ah! ¡Eres
Dutch!». «¿Dutch? ¿Dutch? Sacas de tu sombra una palabra y piensas que es un
hombre. No, no soy Dutch; tampoco soy el que te dijo &lt;/span&gt;&lt;i&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;te quiero más que
a mi vida&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt; ni el que te habló de otras mujeres a quienes quiere mucho.
Soy otro corazón y otra moneda». Las voces de los dos (¿o tres?) marineros
ordenaron: «Sube con él».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ante el
espejo se miraron. Ella diría que no pisó la escalera, que no caminó frente al
bar, que caminaron -todos- las rampas del misterio y atravesaron las puertas
que hay siempre entre los espejos. Por los caminos del misterio, por los
caminos que unen un espejo a otro espejo, llegaron (o estaban allí antes) y se
miraron desde la puerta del espejo. (Ellos y sus sombras: la mujer, los
marineros y el que, antes, dormía sobre la mesa del cabaret mostrando a todos
su corazón). El del pequeño sombrero ladeado no estaba en el espejo. El otro,
el que dormía cuando estaban abajo, habló; al mirar las gorras de los
marineros, dijo a la mujer: «En ese espejo se podía pescar tu vida». (Igual
pudo decir, «tu muerte»).&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La
mujer estaba fuera del cuarto, apoyada la gruesa mano de roídas uñas sobre la
rugosa piedra del muro. A través de la puerta veía las gorras de los marineros
en el cristal del espejo. El hombre había echado a andar el fonógrafo, del cual
salía la dulce canción. Los marineros se acercaban. Suspendida sobre el negro
disco, la aguja brillante afilaba la música: aquella melodía donde nadaban
palabras, semejantes a las palabras de Dutch cuando Dutch decía algo más que
Bull Shit, semejantes a gorras suspendidas en el reflejo de un vidrio azogado.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;El
hombre escuchaba tendido hacia el fonógrafo. Hacia él avanzaba uno de los
marinos; el que antes había ofrecido el cigarrillo de azulados humos. La mujer
miraba la mano del marinero, nerviosa, activa, cargada de deseo. (Si una moneda
es la medida del amor, puede alguien desear una moneda como se desea un corazón).
Ella lo entendía así: «El gesto de quien toca una moneda puede ser semejante a
la frase &lt;/span&gt;&lt;i&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;te quiero más que mi vida&lt;/span&gt;&lt;/i&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;; acaso, ambos, espejos de una
misma tontería o de una misma angustia». La mano -deseosa, inquieta, activa- se
dirigía al sitio de la cartera o del corazón. El hombre volvió la cabeza, miró
cara a cara al marinero. El que tenía en sí un resplandor de brasa rio con risa
hueca como repiqueteo de tambor, como el movimiento de los dedos de la mujer
sobre el antiguo muro. El hombre volvió a inclinarse sobre la melodía del
fonógrafo. La risa del otro caía sobre el ritmo de la música y el hombre se
bañaba en la música y en la risa.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;El
gesto del marinero amenazó de nuevo cuando la mujer llamó la atención del que
escuchaba la música. Quieta -su mano sobre el muro- lo siseó. Él fue hasta
ella; se quedó mirándola, como un conocedor que mira un cuadro antiguo; fue
entonces cuando habló: «Hay en esta pared un camino de historias que se muerde
la cola. Trajeron estas piedras desde el mar, las apretaron en argamasa
duradera para fabricar el muro de un castillo defensivo; ahora, los elementos
que formaban la pared van regresando hacia sus formas primitivas: reciedumbre
corroída por la angustia de un destino falseado».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La
mujer lo miraba desde el espejo del cielo, alta entre las estrellas su cabeza.
Antes de que ello fuera cierto, la mujer miraba cómo entre los dedos del
marinero brillaba el cigarrillo: un cigarrillo de metal, envenenado con venenos
de luna, brillante de muerte. Los dedos de ella (y sí que resultaba
extraordinario que dos manos estuviesen unidas a elementos minerales y
significaran a un tiempo mismo, aunque de manera distinta, el lento
desmoronamiento de lo que fue hecho para que resistiese el paso del tiempo),
los dedos de ella repiquetearon sobre el muro. «No, no, no».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;Fue
entonces cuando él propuso matrimonio, cuando la comparó a una virgen flamenca,
cuando dijo: «Te llevaré a la casa de un amigo que colecciona antigüedades; él
diría que eres igual a una virgen flamenca; pero no es posible, porque ese
amigo soy yo y hemos peleado por una mujer que vive en esta casa y que... eres
tú».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;El
gesto del marinero con el envenenado metal del cigarrillo -o del puñal- era tan
lento como si estuviese hecho de humo. Lento, alzaba su llama, su cigarrillo,
su puñal, el enlunado humo encendido de la muerte. Ella movía los dedos sobre
el muro; tamborileaba palabras: «no, no, cuidado, aquí, aquí, adiós, adiós,
adiós». El hombre dijo: «Te quiero más que a mi vida. Pareces una virgen
flamenca. Bull Shit».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ya el
marinero bajaba su llama. Ella lo vio. Gritó. La noche se cortó de relámpagos,
de fogonazos. (Tiros o estrellas). El del sombrero ladeado lanzaba chispazos
con su revólver. Alguien saltó hacia la noche. Hubo gritos. Una mujer corrió
hasta la que se apoyaba en el muro; chilló: «¡Naciste hoy!». El hombre repetía:
«Bull Shit, virgen, te quiero».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;La mano
de ella resbaló a lo largo del muro; su cuerpo se desprendió; sus dedos rozaron
las antiguas piedras hasta caer en el pozo de su sangre; allí, junto al muro,
en la sangre que comenzaba a enfriarse, dijeron una vez más sus dedos: «Aquí,
aquí, cuidado, no, no, adiós, adiós, adiós». Un inútil tamborileo que
desfallecía sobre las palabras del hombre: «Te quiero más que a mi vida, Bull
Shit, virgen». El del sombrero ladeado afirmó: «Está muerta».&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;Más
tarde el de los discursos comentaba: «Ésta es una historia que se enrolla sobre
sí misma como una serpiente que se muerde la cola. Falta saber si fueron dos
los marineros». El del sombrerito se opuso: «Hay dos gorras en la cama de Bull
Shit». «En el espejo», rectificó el de los discursos; «la vida de ella puede
pescarse en ese espejo. O su muerte».&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #000000&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Voces
de miedo y de pasión alzaban su llama hacia las estrellas. La mano de la mujer
estaba quieta junto al muro, sobre el pozo de su sangre.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;





&lt;p&gt;&lt;/p&gt;</description>
            </item>
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