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        <title>Catajarria Literaria - Esa boca</title>
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        <description>Catajarria Literaria - Esa boca</description>
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                <title>Esa boca</title>
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                <pubDate>Fri, 08 Oct 2021 19:46:00 +0000</pubDate>
                <description>&lt;p&gt;&lt;span style=&quot;text-align: center;&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #0c0d0e&quot;&gt;Cuento
de Mario Benedetti&amp;nbsp; &amp;nbsp;(Escritor
uruguayo. 1920-2009)&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #01060c&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando
desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y
aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio
esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus
hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las
graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los
forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con
grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos
no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo
porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado
ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía
algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada
día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #01060c&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;Entonces preparó la frase y en el momento
oportuno se la dijo al padre: “¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez
al circo?” A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se
vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: “No quiero que veas a los
trapecistas.” En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo,
porque él no tenía interés en los trapecistas. “¿Y si me fuera cuando empieza
ese número?” “Bueno”, contestó el padre, “así, sí”.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #01060c&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;La madre compró dos entradas y lo llevó el
sábado de noche. Apareció una mujer de malla roja que hacía equilibrio sobre un
caballo blanco. Él esperaba a los payasos. Aplaudieron. Después salieron unos
monos que andaban en bicicleta, pero él esperaba a los payasos. Otra vez aplaudieron
y apareció un malabarista. Carlos miraba con los ojos muy abiertos, pero de
pronto se encontró bostezando. Aplaudieron de nuevo y salieron —ahora sí— los
payasos.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #01060c&quot;&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt;Su interés llegó a la máxima tensión. Eran
cuatro, dos de ellos enanos. Uno de los grandes hizo una cabriola, de aquellas
que imitaba su hermano mayor. Un enano se le metió entre las piernas y el
payaso grande le pegó sonoramente en el trasero. Casi todos los espectadores se
reían y algunos muchachitos empezaban a festejar el chiste mímico antes aún de
que el payaso emprendiera su gesto. Los dos enanos se trenzaron en la milésima
versión de una pelea absurda, mientras el menos cómico de los otros dos los
alentaba para que se pegasen. Entonces el segundo payaso grande, que era sin
lugar a dudas el más cómico, se acercó a la baranda que limitaba la pista, y
Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del
hombre bajo la risa pintada y fija del payaso. Por un instante el pobre diablo
vio aquella carita asombrada y le sonrió, de modo imperceptible, con sus labios
verdaderos. Pero los otros tres habían concluido y el payaso más cómico se unió
a los demás en los porrazos y saltos finales, y todos aplaudieron, aun la madre
de Carlos.&lt;/span&gt;&lt;span class=&quot;moze-large&quot;&gt; Y como después venían los trapecistas, de acuerdo
a lo convenido la madre lo tomó de un brazo y salieron a la calle. Ahora sí
había visto el circo, como sus hermanos y los compañeros del colegio. Sentía el
pecho vacío y no le importaba qué iba a decir mañana. Serían las once de la
noche, pero la madre sospechaba algo y lo introdujo en la zona de luz de una
vidriera. Le pasó despacio, como si no lo creyera, una mano por los ojos, y
después le preguntó si estaba llorando. Él no dijo nada. “¿Es por los
trapecistas? ¿Tenías ganas de verlos?”&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;

&lt;p class=&quot;moze-justify&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #01060c&quot; class=&quot;moze-large&quot;&gt;Ya era demasiado. A él no le interesaban los
trapecistas. Sólo para destruir el malentendido, explicó que lloraba porque los
payasos no le hacían reír.&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;p class=&quot;moze-right&quot;&gt;&lt;span style=&quot;color: #01060c&quot; class=&quot;&quot;&gt;(1955)&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;





&lt;p class=&quot;moze-right&quot;&gt;&lt;/p&gt;</description>
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